Otra nueva práctica de nuestra compañera Paula F. Ruiz.

Hace unos días, muy temprano en la mañana, me levanté de la cama, abrí la ventana y me asomé al patio interior al que da mi edificio, donde tengo la suerte de contar con un pequeño jardincillo.

Habían pasado solamente unos segundos cuando me di cuenta de que podía identificar hasta tres tipos distintos de pájaros y que cada uno de ellos trinaba de una forma diferente. Nunca, desde que me mudé a este piso, me había dado cuenta de eso. Tampoco había reparado hasta ese momento en que el olor de la brisa por las mañanas no es igual al de la brisa que sopla en el patio después de comer y que tampoco huele igual el viento cuando vuelvo a casa por la tarde noche con el atardecer. Experimentando estas sensaciones con absoluta presencia me sentí más conectada de lo que me había sentido en mucho tiempo con la vida a mi alrededor. Me emocionó profundamente lo simple del flujo de las cosas desenvolviéndose en torno a mí.

En esos mismos instantes que acabo de describir, me estaban acechando también numerosas preocupaciones sobre cómo retomar asuntos de trabajo, la sensación de urgencia por contestar una larga lista de emails y un profundo sentimiento de nostalgia por estar lejos de mis seres queridos. Sin embargo, en aquel momento concreto asomada a la ventana, elegí darme permiso para tomar esas sensaciones y pensamientos difíciles para mí, sostenerlos con amabilidad (como si de un niño que llora tratando de llamar mi atención se tratasen) y dirigir mi atención una y otra vez hacia el sonido de los pájaros, el olor de la brisa, la temperatura del aire.

Esto me permitió comprobar que la experiencia de gozo y plenitud que tanto ambicionamos no está en contraposición con otras experiencias que tendemos a etiquetar como desagradables. Un mismo minuto puede albergar tensión y paz, miedo y seguridad, urgencia y calma. Comprendí, una vez más, que la clave radica en dónde ponemos el foco, en qué es lo que alimentamos a cada momento con el poder de nuestra atención. Reflexioné sobre cómo, paradójicamente, puede ser esta lucha por tratar de alejar aquellas experiencias que no nos gustan la que nos aleje también de aquellas que anhelamos: ¿acaso se puede alcanzar la paz guerreando por ella?, ¿se puede lograr una conexión auténtica con la vida mientras tratas de desconectar de las sensaciones y pensamientos que laten dentro de ti como consecuencia de estar vivo?

Esta semana me he propuesto escoger una actividad diaria que me resulte agradable y experimentarla con plena conciencia. Me gustaría invitarte a ti también a que planifiques una actividad para cada día que puedas experimentar con todos tus sentidos. Un buen ejemplo para practicar es el de comer con atención plena. De hecho, si esta última te parece una propuesta interesante, te dejo a continuación un ejercicio en el que te guío para experimentar cómo es comer con conciencia plena (en este caso, una uva pasa). Puedes utilizar algún otro pequeño fruto o dulce que tengas a tu alcance para realizarlo, si lo prefieres.

Así, tal vez puedas extrapolar este ejercicio de atención plena a otras actividades de tu día que elijas y sean agradables para ti. ¿Podría ser útil, beneficioso para ti probar a ver qué pasa? ¿Te harías ese regalo?

Si la respuesta a estas preguntas es sí y lo deseas, puedes compartir cómo ha sido tu experiencia en los comentarios, estaremos encantados de leerte.