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Entrevista al profesor Marino Pérez

Por 17 diciembre, 2010 Sin comentarios

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El pasado 22 de octubre el profesor Marino Pérez impartió en el Instituto ACT  la sesión inaugural de la nueva edición del Máster en Terapias Contextuales. Marino Pérez es catedrático de la Universidad de Oviedo, además de un gran estudioso de los tratamientos psicológicos y de su eficacia, y autor del primer manual publicado en español donde fue presentada ACT, “La psicoterapia desde el punto de vista conductista”. Otras de sus obras son “Tratamientos psicológicos”, “Contingencia y drama. La psicología según el conductismo” y es coautor de diferentes volúmenes de la “Guía de tratamientos psicológicos eficaces” y de la reciente y polémica “La invención de los trastornos mentales: ¿escuchando al fármaco o al paciente?”.

Como partícipe en el proceso de “desembarco” de las Terapias Contextuales en el ámbito de la psicología clínica en nuestro país, así como en su difusión y desarrollo, ¿cuáles son sus impresiones respecto a la acogida que están teniendo y en qué momento cree que se encuentran?

Con un creciente interés, tanto por parte de los clínicos como, al final, por los profesores y textos universitarios. Es interesante reparar en que la importancia de estas nuevas terapias se empieza a apreciar antes por los clínicos que por los profesores, cuando sería de esperar que estos estuvieran más “al día” de los avances. Los clínicos parecen más cansados y descontentos con los modelos y tradicionales y los profesores más instalados en ellos, quizá, en parte, por mantener sus libros a la “antigua usanza”. Se ha de entender que no debe ser fácil “convertirse”, por ejemplo, de una terapia cognitivo-conductual tradicional en una contextual como ACT o FAP. Estas terapias están en un momento crítico, porque o bien pueden pasar como una moda más o instalarse con conocimiento de causa. Lo primero sería una especie de terapia contextual silvestre, por reutilizar una célebre expresión de Freud, en la medida en que estas terapias se adopten por el sentido corriente de sus términos, como si por el hecho de hablar de aceptación ya se estuviera haciendo ACT. Por el contrario, una formación sólida en ellas requiere conocer y practicar los fundamentos experimentales y clínicos en que se basan. Un ejemplo de formación con “conocimiento de causa” es el Máster que ofrece el Instituto ACT.

Usted ha sido muy crítico con el concepto de enfermedad mental y su construcción social. ¿En qué medida considera que ACT puede ser una alternativa que ayude a despatologizar problemas de la vida cotidiana que han adquirido rango de trastorno en nuestra cultura?

ACT es una de las pocas alternativas a las concepciones psicopatológicas al uso y a la psicopatologización de la vida cotidiana. Es muy fácil criticar los sistemas nosológicos como el DSM, hasta los propios constructores lo hacen. Otra cosa es ofrecer alternativas. A este respecto, ACT ofrece el trastorno de evitación experiencial. De hecho, el trastorno de evitación experiencial, como explicación psicopatológica funcional, transversal a diversos trastornos, se ha propuesto como alternativa a los cuadros descriptivos que pueblan los sistemas diagnósticos y la cultura popular. Se trata de una alternativa funcional, en vez de meramente descriptiva topográfica que, al situar los trastornos clínicos en continuidad con los procesos psicológicos normalmente adaptativos y en relación con lo que hacen y dejan de hacer las personas, puede contribuir a la señalada despatologización. En la práctica clínica, el terapeuta ACT se tiene que abrir paso en la concepción psicopatológica que usualmente tiene aprendida el consultante y que “funciona” como una forma más de evitación. Quiere decir que el clínico ACT tiene la tarea paradójica de “despatologizar” un trastorno psicológico, resituando el problema en la perspectiva de la conducta de la propia persona. Además de la acción clínica en el caso individual, ACT aporta toda una nueva cultura tendente a la despatologización cotidiana, en la medida en que puede ser usada en la educación de la gente, empezando por los niños, para ser responsables y hacerse cargo de sus vidas con las contingencias que la vida comporta, en vez de la cultura de la vulnerabilidad, del trauma, del sentimentalismo, del desvalimiento y del victimismo que se ha instalado en la sociedad actual.

Como profundo conocedor de las diferentes terapias psicológicas, ¿cuáles considera que son las principales aportaciones de ACT en comparación con otras psicoterapias disponibles en la actualidad?

Se pueden concretar en tres, cada una de ellas suponiendo una importante innovación respecto de la terapia psicológica tradicional. Para empezar, estaría la alternativa psicopatológica funcional, antes señalada, de la evitación experiencial como dimensión común de los distintos trastornos. En segundo lugar, estaría la incorporación de los valores como principio terapéutico. Aunque los valores están presentes de una u otra manera y en uno u otro momento en prácticamente todas las terapias psicológicas, ACT los incorpora por “derecho propio” y en todo momento. Los valores están en la base, el centro y el horizonte de ACT. La propia aceptación, santo y seña de esta terapia, está supeditada a los valores, como reorientación de la vida sobre un horizonte de sentido y compromiso de actuar en su dirección. Los valores, más que objetivos y metas empíricas, orientan y dan sentido a la vida, incluyendo la aceptación de experiencias que se preferiría no tener, las vicisitudes de la vida y los propios objetivos y metas entre manos y a la vista. Los valores le dan a ACT una “profundidad” existencial, entendida la profundidad como horizonte más allá de uno (no profundidad interior). En tercer lugar, estaría la apertura de nuevos criterios de eficacia, distintos a la “reducción de síntomas”, al modo psicofarmacológico. Así, la eficacia de la terapia puede y debe ser valorada y así evaluarse sobre logros positivos que suponen estar en dirección a valores, a pesar de que todavía persistan experiencias disconfortantes y “síntomas” según una evaluación “psiquiátrica”.

¿Qué retos cree que tienen por delante las Terapias Contextuales en general y ACT en particular?

Tienen el reto de establecerse con conocimiento de causa, en vez de forma silvestre, según se decía, como si el sentido corriente de sus términos (“contextual”, “aceptación”, etc.) ya fuera suficiente para considerarse un aplicador competente. Lo cierto es que las terapias contextuales son complicadas de aplicar y requieren por tanto una formación específica. Entre estas dificultades figura lo que tienen de paradójico respecto del sentido común y de la lógica clínica establecida (incluyendo otras terapias psicológicas). Un riesgo para el futuro de estas terapias podría estar en su propio éxito, referido al interés que suscitan y a la moda en que podrían convertirse. ACT, en particular, como la terapia probablemente más emblemática de las Terapias Contextuales, tiene el reto y los peligros aludidos en grado máximo. La “aceptación” y el “compromiso” que figuran en su nombre tienen un sentido técnico y práctico que no se satisface con su sentido corriente o en relación con otros términos de aparente similitud (resignación, resiliencia, mindfulness, auto-compasión, etc.). Por su parte, la incorporación de los valores (que no son meros objetivos operativos) supone no sólo habilidad terapéutica para descubrirlos y ponerlos en juego sino toda una concepción antropológica acerca del ser humano concerniente al lenguaje, las contingencias y la cultura y, en definitiva, al sentido de la vida (su dirección y significado). ACT no es una terapia más sino que comporta toda una filosofía de la vida.

¿Cómo valora la existencia de programas formativos específicos en Terapias Contextuales como el que ofrece el Instituto ACT?

Por todo lo dicho, puedo decir si más justificación en la respuesta a esta pregunta que las existencia de programas formativos específicos en Terapias Contextuales como el que ofrece el Instituto ACT son fundamentales, no sólo ya para su aplicación con conocimiento de causa sino para el futuro de estas terapias, ante el riesgo de su trivialización, según se prestan sus términos a ser usados silvestremente por su sentido ordinario.