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¿Es normal que llegue tan agotado al final de curso?

Por 28 julio, 2017 Sin comentarios

Pistas para llegar más saludablemente al final de etapa

Llegamos a las vacaciones de verano con la maleta repleta. Exhaustos, saturados, soñamos con el descanso alejados del trabajo y de las responsabilidades cotidianas. A veces casi nos cuesta sentir, pareciera que el cúmulo de experiencias que arrastramos nos ha dejado anestesiados, insensibles, bloqueados. Nos merecemos parar. Pero parar no significa necesariamente desconectar. Parar puede significar volver a encontrarnos, mirarnos al espejo, mirar hacia dentro, habitarnos de nuevo. Doce meses dan para mucho. En nuestro equipaje, como un amasijo de prendas de ropa que se entremezclan y se enredan desconcertadas, hemos ido incorporando satisfacciones, fracasos, quizás decepciones, desilusiones, puede que sorpresas, experiencias inesperadas, frustraciones, alegrías, golpes y caricias. Doce meses nos hacen un poco más sabios, incluso aunque al mirar atrás sólo veamos errores. Ser valiente para de detenerse y abrir el propio equipaje es el camino para ayudar a que la experiencia nos enriquezca. Para asimilar lo vivido y acogerlo como parte de nuestra historia irrepetible y única. El agotamiento es el resultado natural del esfuerzo, del trabajo, de una vida vivida. Sentirse perdido, desorientado, olvidadizo, despistado, incapaz de pensar, reconocer cuánto nos cuesta levantarnos de la cama cada mañana ahora que se acerca el final del curso… todas esas señales deberían llevarnos a tomar conciencia de que quizás estamos llegando al final de etapa. La vida continúa pero los finales de etapa merecen su correspondiente descanso. No necesariamente para evadirse a toda costa, aunque evadise sea una opción legítima y a veces necesaria. Sino para escucharse a uno mismo, para sentirse, para abrazarse, para apreciarse en la propia humanidad, en la debilidad y en el afán de superación. Para dedicar tiempo a preguntarnos qué nos ha enriquecido y qué nos ha desgastado (que quizás sea como mirar las dos caras de una misma moneda). Y para apreciar a quienes amamos o a quienes simplemente han compartido nuestro viaje y devolverles nuestro agradecimiento por haber estado ahí o habernos hecho más llevadero el camino. Parar para escucharnos, para sentirnos vivos y albergar a todos los huéspedes que han habitado nuestra morada antes de volver a poner la vista en nuestra próxima y necesaria meta.

Francisco Montesinos